En su amor por la música clásica comprendí algo fundamental del “alma catalana”: su conexión con el mundo más allá de los Pirineos * La cultura catalana siempre ha estado dispuesta a asimilar ideas de otras partes, y a permitirles influir * Los catalanes son una buena compañía, pero de un modo tranquilo e interesante: se tarda un poco en introducirse en la sociedad catalana
Paso los veranos en un pequeño pueblo de los Pirineos catalanes, en un lugar llamado Farrera de Pallars que visité por primera vez en 1976, cuando vivía en Barcelona. Me gustaba Barcelona en aquella época y no podía imaginarme pasar más de unos pocos días seguidos alejado de una ciudad. Uno de los grandes placeres de la mediana edad es que eso ha cambiado. Ahora me gustan las montañas y no podría imaginarme pasar más de unos pocos días seguidos en Barcelona.
Trabajo de novelista, lo cual significa que me resulta difícil hacer generalizaciones. Las cosas me llegan sueltas, o no me llegan. De modo que me resulta imposible escribir en general acerca de Catalunya o los catalanes; me es mucho más fácil escribir sobre lugares muy concretos o sobre individuos. No obstante, hay ciertas cosas sobre Catalunya que han sido muy importantes para mí. La primera, supongo, es la música. Empecé a ir a los conciertos del sábado por la noche en el Palau de la Música en 1976, comprando entradas baratas; a menudo iba también a los conciertos del domingo por la mañana. Me encanta el edificio, y sigo disfrutando con el recuerdo del momento en que se apagaban las luces en el suntuoso interior, todos los ojos se centraban en la orquesta y se hacía el silencio antes de que empezara la música.
En aquellos años a menudo interpretaban una pieza de música contemporánea de un compositor catalán antes del programa general, y esa fue mi introducción a la música de la segunda mitad del siglo XX. Pero luego venían Brahms, Schumann, Mozart. Creo que hay algo especial en el lugar en que uno escucha esas sinfonías y esos conciertos por primera vez. Recuerdo que a lo largo de un fin de semana, pudo haber sido en 1977, ofrecieron un maratón Beethoven, y compré entradas; escuché entonces las sonatas para piano por primera vez y algunas de sus canciones, así como la Novena Sinfonía.
Creo que a los catalanes les encantaba esa música, consideraban que les pertenecía, por más que en buena medida fuera alemana y de siglos anteriores. Recuerdo la seriedad del ambiente en el Palau, y nunca olvidaré el placer que obtuve en él en compañía de catalanes para quienes esa música era parte de su patrimonio. También recuerdo haber asistido allí, en 1977 o 1978, a una representación de la Walkiria de Wagner con, me parece, Birgit Nilsson y Montserrat Caballé. Esa fue mi introducción a Wagner y quedé abrumado. Encontrarme ahí, en compañía de catalanes, me dio una idea de la complejidad de la sociedad catalana; empecé a comprender que el amor por la música clásica se remontaba a muchas generaciones en la ciudad, y que es fundamental para el alma catalana, si es que puedo utilizar un término tan amplio e impreciso.
Esos conciertos me ayudaron a comprender que los Pirineos no son una brecha entre Catalunya y el resto de Europa, sino que, como tienen tantos huecos y pasos naturales, las montañas parecen representar, curiosamente, una conexión con Francia, Alemania, Italia y Suiza. Me di cuenta de que a los catalanes, cuando viajan, les gustan esos países, parecen tener una auténtica afinidad con el mundo situado más allá de los Pirineos.
En aquellos años nunca pude permitirme comprar una entrada para el Liceu. En ocasiones, veía las multitudes entrando y saliendo del edificio y pensaba que aquello era una exhibición de riqueza y glamur más que una señal de verdadero interés por la música. Estaba equivocado. Todo el que presencie la intensa y concentrada atención que se apodera del auditorio cuando la orquesta inicia sus compases siente que esa música (Verdi, Mozart, Wagner) está escrita en el ADN de la cultura catalana. Aunque a veces resulta claro que los espectadores de los asientos baratos saben más de música que quienes ocupan los asientos caros, también esa es una afirmación demasiado fácil y generalizadora. Existe en Barcelona una antigua e imperturbable cultura de la alta burguesía, y los miembros de esa clase son educados con la música clásica como una parte fundamental de su patrimonio.
Poco a poco, durante los años que viví en la ciudad, empecé a comprender lo importante que era ese patrimonio. Lo importante que era Pau Casals para la ciudad, por ejemplo, y para el sentimiento de nación catalana. O cantantes como Victoria de los Ángeles, Montserrat Caballé y José Carreras para la ciudad que emergía de cuarenta años de dictadura. O lo importante que fue la tradición coral para la creación de una identidad catalana a finales del siglo XIX. O lo importante que fue la propia ciudad durante la República, cuando figuras como Schönberg vivieron un tiempo en Barcelona; un Schönberg, además, al que el lugar le gustó tanto que llamó a su hija Nuria.
En aquellos años empecé a comprar discos. Tengo un claro recuerdo de comprar una caja con todas las sonatas para violín de Beethoven en un pequeño establecimiento de la calle Tallers, en el mismo lugar, si no me equivoco, en que hoy está Discos Castelló, o muy cerca en todo caso. Y lo que me resulta extraño ahora, al cabo de todo este tiempo, es que lo he mezclado todo, toda aquella nueva libertad y aquellos descubrimientos: las manifestaciones políticas, las primeras elecciones, el uso público del catalán, la libertad sexual, la comida y los vinos catalanes, la ciudad y su patrimonio, las fiestas, el campo de los alrededores, la costa y la música clásica. Para muchas personas que eran jóvenes entonces fue un momento especial.
Cuando empecé a pasar temporadas en el Pallars, en los años noventa, la única música disponible era la de los discos compactos. Las montañas son hermosas en verano, y existe un agradable sentimiento de comunidad en los pueblos, incluso en el mes de agosto, cuando hay tanto ir y venir de forasteros. Desde fuera, existe la imagen de España como un país desenfrenado, con gente aficionada a pasarse la noche en vela, bailando, tocando la guitarra, bebiendo vino y hablando con todo el mundo. Esa imagen me hacía sonreír. En general, a los catalanes les gusta trabajar mucho y volver a casa temprano. Prefieren estar con la familia o los amigos. Les gusta comer bien; pero nunca beben demasiado. Las fiestas de los pueblos del Pallars toleran a los visitantes; de todos modos, el principal objetivo es que los lugareños estén juntos, celebrando el verano. Los catalanes son una buena compañía, pero de un modo tranquilo e interesante. Se tarda un poco en introducirse en la sociedad catalana.
Los veranos en el Pallars están llenos de tranquilidad y belleza. El martes hay mercado en Sort, y una cola de turistas frente a La Bruixa d’Or, esperando tener suerte en la lotería. También me gusta conducir por los caminos de montaña hasta el mercado de la Seu d’Urgell, el martes o el sábado. La catedral es uno de los edificios más hermosos que conozco, majestuoso, austero, lleno de enigmática grandeza. Y, en sí misma, la pequeña ciudad, sus avenidas jalonadas de árboles, los maravillosos productos frescos expuestos en las tiendas, la sensación de orden, tranquilidad y cauta opulencia, los cafés, los buenos modales en todas partes, constituye una modesta lección para el mundo. Y en los alrededores, el paisaje ofrece maravillosos paseos y senderos, así como lagos y refugios en las montañas.
Y luego un día, hace diez años, volvía a Farrera cuando pasé por Rialp y vi un cartel anunciando un festival de música clásica. Me llena de orgullo el que uno de los organizadores comentara más tarde a un amigo que uno de los primeros en comprar entradas para todos los conciertos en ese primer año fue «aquest noi irlandès que viu a Farrera».
Los conciertos de música clásica organizados por los habitantes de Rialp, sobre todo por Josep Sabarich, han cambiado el verano en el Pallars, le han dado un nuevo sabor, una nueva forma. Muchos de los conciertos se realizan en la propia iglesia de Rialp, con intérpretes que llegan de toda Europa. Los ve uno avanzar por las callejas de Rialp camino de la iglesia elegantemente vestidos en las noches de concierto, otro exótico añadido al verano.
También otros conciertos tienen lugar en pueblos minúsculos. Y del mismo modo que todo catalán conoce un lugar de la costa que aún no está estropeado, o se precia de conocer el mejor restaurante de Barcelona no mancillado por los turistas, o el mejor lugar al que ir en las islas Baleares, yo me enorgullezco de saber cuál es el mejor concierto anual del Pallars, el mejor lugar de actuación, con la acústica más íntima.
Es el pequeño pueblo de Caregue, encaramado en lo alto de la montaña encima de Sort. La iglesia es pequeñísima, y la carretera que lleva al lugar es estrecha y sinuosa. Como muchos pueblos del Pallars, Caregue es un buen ejemplo de lo que ha hecho la prosperidad en algunas partes de la Catalunya rural. Aunque algunas ciudades pequeñas y algunos pueblos tienen demasiados edificios de apartamentos en las afueras, hay también pueblos maravillosos que han sido restaurados al estilo tradicional, y en los que todo es recatado, delicado y agradable a la vista. Caregue es el modelo de tales lugares y, tras lograr aparcar en el estrecho camino, es fácil percibir el sentimiento de comunidad y tranquila armonía que planea ahí en verano.
Un domingo de agosto de hace dos años, asistí en la iglesia de Caregue a unas Variaciones Goldberg de Bach interpretadas con un pequeño clave antiguo. No sé cómo consiguieron subir el instrumento a lo alto de la montaña, ni tampoco cómo pareció caber todo el pueblo dentro de la iglesia. Sin embargo, el mejor milagro fue la propia música, las hermosas repeticiones y variaciones en aquel delicado instrumento. Y el otro milagro fue el sobrecogido silencio por parte de quienes habían acudido al concierto, la creencia en la música, la creencia de que esa gran tradición europea pertenecía a Caregue tanto como a Milán o Viena, que era natural, una parte esencial del patrimonio catalán.
Resulta difícil, cuando uno está sentado en una de esas iglesias pirenaicas, no contemplar también otro aspecto de la cultura catalana que ha sido muy importante. Muchas de las pinturas murales que se encuentran hoy en el Museu Nacional d’Art de Catalunya proceden de iglesias románicas de esa zona. Las propias iglesias son muy hermosas en sus proporciones, su modestia y su tosca perfección. Me gusta la idea de que los artistas que hicieron el trabajo, que hicieron las grandes imágenes que adornaron esos espacios, no fueran necesariamente catalanes, que pudieron llegar a Catalunya procedentes de Italia o de otras partes. Es un elemento importante y quizá esencial de la cultura catalana, que no es provinciana ni exclusivista, que mira al mundo exterior, y que siempre ha estado dispuesta a tomar ideas e imágenes, y también personas, de otras partes, asimilarlas y permitirles influir sobre la forma de la cultura y la vida catalanas. En los próximos veinte años, por ejemplo, es probable que tengamos poetas y pintores, cantantes y escultores, con nombres paquistaníes o rumanos, pero que se han vuelto tan catalanes como los propios catalanes.
Quizá sea esa apertura al mundo exterior, ese modo de pensar y trabajar fuera de unas fronteras evidentes, lo que moldeó el genio de Joan Miró, la absoluta originalidad de Antoni Tàpies o el prodigioso talento de Miquel Barceló. Fue esta apertura al mundo exterior, en cualquier caso, lo que cambió mi vida en Catalunya mientras escuchaba por primera vez las obras de los grandes compositores europeos en un marco que insistía en que nada era más importante que el modo en que se tocaba esa música. Es algo de lo que estoy agradecido y que asocio con el espíritu de Catalunya.
Colm Tóibín (Enniscorthy, 1955) es escritor y periodista irlandés. En 1975, tras graduarse, partió hacia Barcelona, donde residió tres años. Su primera novela, “El sur” (Emecé), estuvo parcialmente inspirada en su estancia en la capital catalana, del mismo modo que su ensayo “Homenatge a Barcelona” (Columna). Su última obra publicada en España es la novela “Brooklyn” (Lumen/Ara).
Text de Colm Tóibín
Font: CULTURA|S-LA VANGUARDIA, núm. 463, 04/05/2011 (enllaç)