«Te llamas Paquita»

Historia
La historia de los judíos que se pusieron a salvo de la persecución nazi durante la Segunda Guerra Mundial entrando en España por el pueblo de Les, en Val d’Aran (que publicó MAGAZINE el 6 de enero), tiene continuidad ahora con el relato de una niña judía que logró huir junto a su familia y que ha conservado toda su vida el nombre que la bautizó un guardia civil en el puesto fronterizo.
Françoise, que desde entonces es Paquita también para sí misma, su hermano Reinhold, de 10 años, y sus padres quedaron detenidos en Les.
En enero de 1933 Hitler se hizo con el poder, y la presión antijudía pasó a ser insoportable para los Bielinsky. Avraham decidió marchar a París con su familia y allí nació Françoise-Paquita, en 1937
Poco antes de que el gobierno de Madrid decidiera sobre el destino de los Bielinsky, éstos desaparecieron de Les en una escapatoria pactada, con ayuda y guía

Sus recuerdos son vagos, pues se remontan a hechos ocurridos cuando ella tenía cinco años, pero tiene muy presente que para los que la conocen bien se llama Paquita y no Françoise – como consta en sus documentos – desde que un guardia civil se lo dijo cuando huía de los nazis de la mano de su familia. Era otoño de 1942 y Europa ardía en guerra. Sus padres le dijeron que aquel pueblecito al que acababan de llegar guiados por dos jóvenes antifascistas, tras horas de camino a través de húmedos senderos de montaña plagados de peligros, era España y que Francia quedaba atrás con la Gestapo pisándoles los talones para enviarles a una cámara de gas. Un estremecedor detalle del que la pequeña Françoise Bielinsky no podía ser consciente. Con cinco años sabía que huían de algo, percibía el nerviosismo de sus padres aunque trataran de disimularlo, había visto a su madre casi rendirse en el camino al tener que bajar por un escarpadísimo terraplén, pero era una niña, pensaba en cosas de niña y estaba cansada de caminar por el Pirineo.
Había llegado a España, a Les, en Val d’Aran, aunque ella ignoraba el nombre del lugar. Detrás quedaba la muerte, y por delante, un miedo e incertidumbre que atenazaban a su familia. En aquel instante, la niña, su hermano y sus padres se encontraban ante unas cuantas casas de un pueblecito situado en un estrecho valle flanqueado por altas montañas que algo más lejos, hacia el sur, se alzaban hasta las nubes y se cerraban para formar un impenetrable muro. Pisaban una estrecha carretera de incierto asfalto, cruzada por una vieja barra basculante y descolorida que impedía el paso de vehículos. Al lado, una caseta policial en la que ondeaba una bandera española con el águila y las flechas en un escudo. Los cuatro fugitivos del nazismo permanecieron quietos cerca de la barrera dejando su escaso equipaje en el suelo. En sus caras se reflejaba el cansancio y también el temor. La Guardia Civil comenzó con la identificación.
– ¿Cómo te llamas? – preguntó uno de los guardias a la menor de los recién llegados mientras tomaba notas para el atestado de la llegada de unos refugiados que hablaban francés y no polaco o alemán, como tantos otros.
– Françoise -, dijo la niña.
– ¿Françoise? – se preguntó el guardia en vol alta. – Eso es Francisca en español – siguió el agente – y a las Franciscas en España les llamamos Paquita. Tú te llamas Paquita – y el agente apuntó “Paquita” en el parte donde dio cuenta de la llegada de un grupo de seis judíos llegados de Francia, cuatro de ellos de una misma familia – los Bielinsky – provista de pasaportes de Honduras con visado de entrada en España, pero sin el de salida de Francia.
Faltaba un sello, un simple tampón; una incongruencia administrativa que, de acuerdo con las instrucciones del gobierno español, suponía su entrega a la gendarmería de la Francia ocupada o bien a la Gestapo y por lo tanto un destino final de exterminio. Sin embargo, quedaba una posibilidad. Si los agentes dudaban, podían consultar por telegrama a Madrid sobre cómo proceder con los refugiados. Una pregunta cuya respuesta tardaba en llegar de dos a tres semanas. En este caso, los Bielinsky tenían un mínimo de documentación y alegaban que se dirigían hacia Venezuela. Tal vez por esa razón y por la presión ambiental de los habitantes de Les, los guardias optaron por consultar a la superioridad, es decir, enviaron el telegrama para que Madrid decidiera.
Françoise – que, desde el incidente que ella misma relató para MAGAZINE, es Paquita para sus amigos y para sí misma -, su hermano, Reinhold, de 10 años, y sus padres, Avraham y Esther Bielinsky, quedaron detenidos en aquel lugar, aunque como llevaban dinero es probable que se alojaran en una pensión o en una casa particular bajo cierta vigilancia. No se sabe.
Pero en cambio es obvio que podrían haberlos ingresado en la deplorable prisión de Sort como a tantos fugitivos del nazismo. No fue así. En Les, detenidos pero al mismo tiempo más relajados, fue cuando la madre de Paquita, Esther Bielinsky, apuntó en una pequeña libreta con un desgastado lápiz: «Les (Lérida)». Y de esa forma el lugar donde estaban quedó anotado en el pequeño diario de la odisea que estaban viviendo desde 1933. No obstante, tal como Paquita Sitzer – pues hoy lleva el apellido de su difunto marido, Juan Sitzer – ha relatado a MAGAZINE desde su residencia en Venezuela: «Ni sabía que estaba detenida ni sabía que aquel lugar era Les, ni era consciente de la gravísima situación en la que nos encontrábamos. Tuvieron que pasar casi setenta años para que supiera que estuve en Les y que, merced a una maniobra que ignoro, salimos de allí con bien y acabamos en Venezuela a salvo, aunque para ello escondiendo nuestra condición de judíos. ¡Ortodoxos, somos ortodoxos!, les dijo mi padre a los aduaneros venezolanos antisemitas cuando preguntaron por nuestra religión. Y nos dejaron pasar».
Pero, para llegar a América, antes sucedieron muchos acontecimientos, duros, dramáticos, tan difíciles de reconstruir que aún quedan enigmas por resolver. Este relato, que tiene final feliz y que enlaza con el que publicó MAGAZINE de 6 de enero pasado, sitúa definitivamente al pueblo de Les (Val d’Aran) en un lugar positivamente destacado en la dramática historia escrita por los judíos de toda Europa que, perseguidos a muerte por el nazismo, creyeron encontrar en una España de Franco hipócritamente neutral un refugio y salvación.
La aventura de Paquita y su familia puede considerarse una síntesis de los padecimientos experimentados por los judíos que tuvieron la fortuna de escapar del nacionalsocialismo y al mismo tiempo sirve de observatorio de una porción de la realidad española en tiempos de guerra que, aunque estudiada cada día por un puñado de entusiastas historiadores e investigadores, permanece inexplicablemente marginada de los libros de texto, incluso de los universitarios. Este caso concreto, el de Paquita, el de la familia Bielinsky y su paso por Les, puede conocerse y salir a la luz gracias a un trabajo de investigación – que sigue en marcha – de diferentes personas entre las que destaca, en primer lugar, Josep Calvet, el historiador de la Universitat de Lleida que analizando documentación sobre el paso de judíos por el Pirineo durante la Segunda Guerra Mundial descubrió a Paquita (y a otras personas ahora en fase de localización), la encontró en Venezuela y juntos lograron reconstruir gran parte de unos hechos para los que la memoria de Paquita no era suficiente.
Además, el destino quiso que las pesquisas que Mireia Boya y Rosa Cerarols, investigadoras de la Universitat Pompeu Fabra, se unieran al trabajo de Calvet con la feliz coincidencia de que Mireia es originaria de Les y sobrina nieta de Irene Boya, una de las testigos por las que este periodista y MAGAZINE pudieron reconstruir los hechos que se publicaron en el reportaje del 6 de enero pasado titulado La salvación eran los Pirineos, protagonizado por Miguel Giner, el administrador de la aduana de Les, y por sus habitantes.
Si se echa la mirada atrás para ver dónde comienza la lucha por la supervivencia protagonizada por los Bielinsky, es preciso remontarse a 1929, cuando Avraham Bielinsky, sastre de oficio con una capacidad innata para percibir el peligro, y Esther Guita, ambos hijos de polacos, se casaron en Alemania, donde se instalaron. Tres años después nació su primogénito, Reinhold, ya en un ambiente marcadamente antisemita aunque aún soportable para Avraham. Pero en enero de 1933 Hitler se hizo con el poder, y la presión antijudía, tanto económica y social como legislativa, pasó a ser insoportable para los Bielinsky.
Avraham decidió marchar a París pensando que de esa forma se alejaría del antisemitismo nazi germano. Se instaló en París, donde en 1937 nació su hija Françoise-Paquita. Fueron años de cierta tranquilidad al frente de su taller de confección, aunque Avraham no dejó de observar la preocupante evolución europea que desembocó en la Segunda Guerra Mundial. Entonces, la Alemania nazi se expandió, y con ella, un antisemitismo enfermizo cada día más feroz y cruel. Francia sucumbió a la guerra relámpago (Blitzkrieg): la línea Maginot, la supuesta defensa inexpugnable por el vecino del norte, fue sorteada por la Wehrmacht con facilidad pasmosa dejando en ridículo a generales galos de anticuados planteamientos bélicos e incapaces de impedir que Hitler se pasease ufano por la capital francesa. Hitler, que quería resarcirse de la derrota sufrida por Alemania en la Gran Guerra, obligó a Francia, en junio de 1940, a firmar un armisticio en el mismo vagón de tren en el que en 1918 los alemanes habían firmado una rendición que les humilló. De este modo llegaron tiempos definitivamente mortales para los judíos que no habían podido o sabido huir del III Reich. Se promulgaron en Francia leyes antisemitas, y poco después el gobierno de Vichy aprobó el Estatuto de los Judíos francés. El 2 de junio de 1941, el antisemitismo reinó formalmente también en Francia.
Lo que sucedió parece de ficción. En ese cuadro histórico, Avraham Bielinsky es detenido en París en 1940 por el delito de ser judío extranjero e internado en Camp de Bloi, cerca de Orleans, al sur de París. Por lo que sabe Paquita, ella, su madre y su hermano permanecieron ocultos en París con un futuro más que sombrío.
Tdo parecía perdido cuando Avraham logró fugarse durante un traslado en tren de detenidos que desde Camp de Bloi se dirigía hacia el sur. Milagrosamente, el sastre logró llegar a Pau, donde casualmente pidió trabajo al dueño de una empresa textil que resultó ser Víctor Masplé-Somps, un ser humano extraordinario, miembro de una familia conectada con la resistencia y dedicada en pleno a salvar judíos burlando para ello a la Gestapo y a la Gendarmería colaboracionista. Víctor no sólo dio trabajo a Avraham sino que también le ayudó a recuperar a su familia. «Tanto Víctor como toda su familia nos ayudaron muchísimo sin ningún interés material», subraya hoy Paquita.
Fue Victor quien preparó todo para que Avraham pudiera regresar a París, sortear a nazis y gendarmes y rescatar a su esposa y a sus hijos, entonces de tres y ocho años respectivamente. Le dio dinero y le facilitó la identidad de las personas que formaban parte de la red clandestina que le ayudaría a salvar a la familia y regresar a Pau sanos y salvos.
Luego, además e colocar a Avraham en un lugar discreto de la empresa, el propio Victor alojó a los Bielinsky en su casa, en la que también vivía su madre. Así estuvieron unos cuatro meses. Pasado ese tiempo, Masplé-Somps hizo que el pequeño Reinhold se fuera a vivir a casa de su hermano Gaston Masplé-Somps, al tiempo que buscó un apartamento en las afueras de Pau para Avraham, su esposa y la niña. Seguramente obró así por motivos de seguridad.
En enero de 1942 tiene lugar en Berlín la conferencia de Wannsee, en la que se articula la solución final, es decir, las leyes y los mecanismos para exterminar industrialmente a todos los judíos y de paso a otras minorías. El holocausto toma su máxima dimensión. Lo que parecía imposible llegó, y la situación empeoró dramáticamente para los perseguidos por los nazis. Por esas fechas, Hitler ofreció reiteradamente a Franco enviar a España a miles de judíos para que el dictador español dispusiera de ellos.
Franco podía haberlos salvado, pero rechazó la oferta, aunque reclamó los bienes materiales de los deportados. «Si son enemigos de Alemania, lo son de España», respondió el dictador español al genocida alemán, colaborando así en el asesinato sistemático de miles de niños, mujeres y hombres (ver MAGAZINE 23/IX/2012). Pero esas infames negociaciones fueron ultrasecretas, de modo que España se mostraba ante el mundo aparentemente neutral y por tanto un destino de salvación.
La guerra avanzó, y en Francia los nazis llegaron hasta la frontera española. Victor Masplé-Somps optó por organizar la evasión de los Bielinsky por España. Estaban en Pau, y la frontera de Les le pareció un buen lugar de paso.
Victor consigue en Vichy pasaportes de Honduras para los Bielinsky que sellan en Toulouse con un visado español. Falta un sello francés, pero se arriesgan a seguir. La situación no da para más si quieren salvar la vida. Esther Bielinsky apunta a lápiz y en francés en su diario: «Pass 1242 delivré a Vichy 12.9.42 Visa espagnole Nº 565 delivré le 19.9.42 Toulouse».
Es octubre del 42. Los Bielinsky se despiden de Victor Masplé-Somps y salen hacia Les desde sode, localidad muy cerca de Bagnères-de-Luchon, en el departamento del Alto Garona. Los dos guías esperan, y otros dos refugiados se agregan al grupo. Tras la caminata dura e interminable llegan a Les. Esther anota la llegada a España en la libreta en una mezcla de español y francés. «Entrada Puesto de Policía le 10.10.42». Se produce el episodio por el que la pequeña Françoise pasa a llamarse Paquita mientras, según ha descubierto el historiador Josep Calvet, Avraham Bielinsky declara formalmente que se dirigen a Venezuela. Y fue Calvet quien, investigando, dio con Paquita en Venezuela y le reveló los detalles de su llegada a España, que ella apenas recordaba y de forma muy borrosa.
Los Bielinsky quedan detenidos en Les, el pueblo los acoge, y los guardias apenas molestan. El invierno se acerca, y la Val d’Aran quedará aislada de España durante meses, con una Francia nazificada como única salida natural. Entre tanto, sobre Paquita y su familia pende la espada de Damocles en forma de telegrama. Según respire Madrid las cosas se pueden complicar mucho para los cuatro, pues de una estancia apacible pueden pasar a manos de los nazis o a la prisión de Sort para acabar en el campo de concentración de Miranda de Ebro. Y es que la España oficial estaba muy alejada de ese lugar neutral de salvación de judíos que el franquismo simulaba ante el mundo libre.
Lo que sucedió entonces ni Josep Calvet, ni Mireia Boya y Rosa Cerarols ni este periodista han podido averiguarlo con detalle. Resulta que poco antes de que Madrid decidiera sobre la suerte de los Bielinsky, éstos desaparecieron de Les, de tal manera que el temido telegrama ya no tenía sentido. Los peligrosos detenidos, es decir, una pareja y dos niños pequeños, «se habían fugado» por montañas infranqueables.
Desde luego fue una escapatoria pactada, con ayuda y guía, pues pasaron por el difícil puerto de la Bonaigua, Sort, Lleida y Barcelona hasta llegar, el 13 de enero de 1943, a Vigo, donde se hospedaron en el hotel Universal. Al poco embarcaron en el buque Cabo de Buena Esperanza, un barco que según Paquita hizo honor a su nombre. Zarparon de Vigo e hicieron escala en Lisboa, Puerto España, Trinidad y Puerto Cabello (Venezuela), «donde arribamos el 3 de febrero de 1943». Para entonces, un oficial alemán de fronteras ya había confirmado al administrador de la aduana de Les, Miguel Giner, que las SS mataban a los judíos que España devolvía, en lo que era una práctica habitual en las fronteras españolas, según Calvet. Pero en Les todo indica que se conjuraron para que eso no sucediera y, como han constatado Mireia Boya y Rosa Cerarols, prácticamente no hubo familia que no acogiera a judíos perseguidos.
Esta historia tiene un final feliz, pero en su transcurso hay dolor e injusticia que no pueden ser obviados: Victor Masplé-Somps fue denunciado por un chivato y detenido por la Gestapo en enero de 1944. Deportado al campo de concentración de Sachsenhausen, en Oranienburg (cerca de Berlín), murió el 15 de febrero de 1945, sólo tres meses antes de que la Segunda Guerra Mundial acabara en Europa.
Paquita creció, se casó con Juan Sitzer, con quien tuvo un hijo, Eduardo, y una hija, Elizabeth, que le han dado cuatro nietos. «Son los niños que los nazis no querían que nacieran», dijo Paquita, que en agosto del 2012 y en un viaje organizado por la Asociación de Mujeres de Les, volvió emocionada al lugar donde comenzó a llamarse Paquita y donde una placa recuerda a cuantos pasaron por allí. Hoy las investigaciones prosiguen sin ayuda institucional española, aunque organizaciones como la Fundación Internacional Raoul Wallemberg o el Yad Vashem, el mayor centro de investigación del holocausto del mundo, colaboran para que la verdad oculta vea la luz.

Una odisea y sus fechas

1929. Los padres, Avraham Bielinsky y Esther Guita, hijos de polacos, se casan en Alemania, donde se instalan. Avraham era sastre.
1932. Nace su primogénito, Reinhold.
1933. Llegada de los nazis al poder en Alemania, el 30 de enero. Boicot económico contra los judíos. Los Bielinsky deciden salir de Alemania hacia París, intuyendo lo que se avecina.
1937. Nace Françoise Bielinsky, quien luego, a partir de su llegada a España pasaría a llamarse Paquita.
1940. Alemania invade Francia y se firma el armisticio. Se promulgan las leyes antisemitas del 3 de octubre y luego el Estatuto de los Judíos francés, el 2 de junio de 1941. La persecución a los judíos se hace durísima. Detienen a Avraham Bielinsky y lo internan en el Camp du Blois, cerca de Orléans, al sur de París. Se fuga y llega hasta Pau, donde le da refugio Víctor Masplé-Somps, un sastre que a su vez moriría por ayudar a los judíos el 15 de febrero de 1945, en el campo de Sachsenhausen, cerca de Berlín. Los Masplé-Somps ayudan Avraham a recuperar a su familia.
1942. Se articula la solución final en la conferencia de Wannsee para exterminar a todos los judíos de Europa. Hitler ofrece a Franco enviarle a España a los judíos españoles, y Franco rechaza la oferta, que se mantiene y amplía hasta febrero de 1943. En cambio, España reclama los bienes materiales de los deportados al exterminio.
1942. En septiembre, con ayuda de la familia Masplé-Somps, los Bielinsky obtienen en Vichy un pasaporte de Honduras y en Toulouse un visado español para salir de Francia.
1942. En octubre llegan a Les desde Sode (localidad muy cercana a Bagnères-de-Luchon) con la Gestapo en los talones. Françoise pasa a llamarse Paquita. El pueblo los acoge.
1942. Salen de Les sin dejar rastro. Llegan a Barcelona pasando por Sort.
1943. En enero, los Bielinsky alcanzan Vigo y embarcan hacia Venezuela, libres.
1943. En julio, una familia, probablemente polaca, que llega a Les es entregada a los nazis.
1943. En septiembre, un oficial alemán de fronteras comenta al administrador de la aduana de Les, Miguel Giner, que las SS matan a los judíos que les entregan. Aduanero, carabineros y ciudadanos dejan de entregar refugiados a los nazis.
Años después, Paquita se casó con Juan Sitzer (ya fallecido), con el que tuvo un hijo, Eduardo, y una hija, Elizabeth, que le han dado cuatro nietos.

«A esos judíos los matan»
La relación del pueblo de Les con el rescate de judíos perseguidos por los nazis fue tratada por MAGAZINE el 6 de enero pasado. La historia arrancó con una llamada telefónica que rompió un silencio de seis décadas. Vicente Giner, de 83 años, hijo de Miguel Giner, administrador de la aduana de Les en 1943, relató por primera vez cómo su padre, cumpliendo órdenes de Madrid, entregó a los alemanes a un grupo de judíos polacos – entre ellos, varios niños – que en España se creían a salvo. Aquel incidente conmocionó a su padre, que quedó definitivamente afectado para el resto de su vida cuando supo por el oficial nazi de fronteras que «esos judíos que llegan aquí y los que capturamos por la montaña se los entrego a las SS y a la Gestapo y ellos los matan». A partir de ese instante, el propio Miguel Giner y muchos habitantes de Les se conjuraron para no entregar más judíos a los nazis.

Més informació: Presó-Museu del Camí de la Llibertat
Text d’Eduardo Martín de Pozuela
Font: MAGAZINE, 12/05/2013 (pdf)

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